¿Quién le teme al riesgo país?

(En el 2001 me dio por pegarme una vuelta y desarrollé este monólogo que no apareció en ningún lado. Visto a la distancia leo cosas que anuncian lo que se iba a venir. Pero no tiene mérito: No hay nada más fácil que predicar con el diario de ayer.)
Volví. Me extrañaron, ¿no?
Resulta que el otro día andaba dando vueltas por el paraíso, y me empezaron a picar las alas. Me asomé a ver que pasaba por aquí abajo, y para qué. ¡Qué bolonki de padre y señor nuestro! Me empezó a dar vueltas la aureola que parecía una calesita, así que se me acercó mi gran amigo San Pedro desesperado.
-¡Tato, Tato! – me abordó -¿Qué le pasa, se intoxicó con algo? ¡Ni acá se puede confiar en bromatología!
- No, Pedrito, no – (Qué quieren, ya son años de confianza) lo tranquilicé señalándole para abajo – es que no me aguanto acá arriba...
- ¡Tato! – me miró abriendo los brazos de par en par como para abarcar el mundo – Zafaste del purgatorio por un poquito así... ¡y querés volver a la Argentina...!
- Y qué querés, Pedrín... – le dije acomodándome la sotana blanca – aquí me aburro y allá me necesitan...
- Y bueno, Tato – me dijo, sacándose plumones de la barba – cada cual se divierte como puede. Le doy 24 horas de licencia para que se distienda. Eso sí: lo quiero mañana mismo aquí, firme como un solo ángel ¿Me entiende?
Así que desenrollé el Frac, enrollé la túnica, me calcé la peluca y los anteojos y me bajé para acá ¡Para qué! Miren: cuando me fui esto era un despelote vivo. Bueno, eso era lo que yo creía. Aterricé en medio de Avenida de Mayo, y se me vino una manifestación encima.
Aterricé en medio de Avenida de Mayo, y se me vino una manifestación encima.
- ¡Me equivoqué de tiempo! – exclamé aturdido – Caí en el 45... o en el 68... o en el 82... o en el 87 ...
-No, Tato – me palmeó el hombro mi gran amigo José Piquete – ¡Estamos en pleno 2001, odisea del espacio argento! ¡ Estamos viviendo una era de ciencia ficción!
- ¿Pero cómo? - Le pregunté – ¿Estamos viajando por la estratosfera en naves que recorren la tierra en minutos, como pronosticó mi gran amigo el presidente Menem?
-¡Ni me lo nombre! – Se persignó José tocándose la oreja izquierda – No, Tato, lo que está viajando por la estratósfera es el riesgo país, y lo que recorre el planeta en minutos son las reservas nacionales. ¿Va para la Casa Rosada? Lo acercamos.
Como no entendía demasiado eso del riesgo país decidí darme una vuelta antes por el Banco Central a ver si podían explicarme. José me indicó qué piquete me dejaba más cerca y se fue, volanteando australes.
Ni bien entré a la sede del Banco Central me encontré con mi gran amigo Eduardo Escasany.
- ¡Tato, Qué alegría verlo por aquí! - me dijo mientras jugaba a la tapadita con títulos de la deuda – Venga, préndase que inventamos un jueguito nuevo: el Lobby feroz.
- Me suena conocido - le dije, mientras esquivaba a la gente que corría de aquí para allá al grito de “¡un dólar, un dólar, mi plazo fijo por un dólar” - ¿Y cómo se juega?
- Muy fácil, Tato – me dijo mientras arrojaba dardos a una foto de mi gran amigo el Presidente Alfonsín – Usted piensa un número entre 1600 y 2000, me lo dice, lo ponemos de riesgo país, y nos sentamos a ver qué pasa. Divertido, ¿no?
Como seguía sin entender eso del riesgo país, me decidí a llegarme por el Ministerio de Economía y preguntarle directamente a la fuente. Así que esquivando llantas ardiendo atravesé una barricada y en las escaleras del Ministerio me encontré con mi gran amigo José Molotov
- ¡Tato!¡Qué anda haciendo por aquí? ¡Me lo hacía descansando! – me dijo, mientras acomodaba un stand de venta de huevos – Elija, Tato, elija.
- ¿Y esto? - Le pregunté – Si mal no recuerdo, usted era de manejar material más contundente.
- Es verdad, Tato – me dijo mientras se le piantaba un lagrimón de trinitrotolueno destilado – pero los tiempos cambian y hay que globalizarse. Ahora tratamos de cubrir el share de un amplio espectro consumidor. Fíjese: Tenemos huevos sintéticos ideales para arrojar a la puerta aquí mismo, que no fermentan con el sol , duran más tiempo y toman un acabado laca precioso; tenemos huevos de criadero apropiados para casamientos en la Recoleta; y tenemos huevos cualunques por si acaso.
- Y para comer ¿que me recomienda? - le pregunté mientras examinaba la etiqueta de un huevo que decía “Made in Brasil”
- ¡¿Cómo para comer?! ¡Usted quiere que me funda! – Me contestó, poniendo a salvo la mercadería de una horda de docentes que se le venía encima. Lo dejé y mientras pensaba en cuánto cambian las cosas para que nada cambie, entré de lleno al Ministerio de Economía.
Para qué habré entrado. Ni bien atravesé el portón se me acercó una señorita cargando un tambor de números del tamaño del bombo de Tula.
-¿Usted viene por adelantos de coparticipación, por solicitud para emisión de bonos, para suscribir un nuevo pacto federal, o porque vio luz y entró? - Cuando le expliqué que venía simplemente a saludar al ministro me contestó que para eso no tenía número ni paciencia, y se fue a atender a una procesión de gobernadores peronistas que habían instalado una peña en el fondo del salón.
Cuando entré al despacho del ministro, me encontré con mi gran amigo Domingo Felipe Caballo, con la cara colorada, los ojos encendidos de furia y una pila de margaritas deshojadas encima del escritorio.
- ¡Tato!¿Dónde se metió? – Me recibió, mientras metía en la trituradora boletas electorales con Patti, boletas electorales con Rico, boletas electorales con Duhalde, boletas electorales con el Coti... en fin. - ¡No sabe lo que me andaba haciendo falta!
- Pero Mingo - le palmeé la pelada – ¡Si usted era el hombre providencial! ¡A usted nadie le pisaba el poncho! No me diga que está aquí desde la época de Carlos...
- Ojalá, Tato, ojalá - me respondió limpiándose la frente que le parecía un surtidor mientras trituraba boletas con Chacho, boletas con Carrió, boletas con De la Sota... – Si yo hubiera continuado al frente de los destinos del país – y a medida que hablaba comenzaba a levantar la voz, a fruncir el ceño y a señalar hacia el futuro con el dedo índice – nada de esto hubiera pasado nunca jamás, y hoy disfrutaríamos de nuestro destino de grandeza!
Dicho lo cual se hizo un ovillo en un rincón y se puso a llorar desconsoladamente.
- ¡No me quieren, Tato, no me quieren! – sollozaba amargamente mientras trituraba boletas con Colombo, boletas con Bullrich, boletas con Cafiero... – Los radicales no me quieren, los peronistas tampoco, los periodistas se ríen de mí, los mercados me gozan, Sonia empieza a mirarme mal, y por la calle me gritan pelado botón...!
Intenté consolarlo diciéndole todas las cosas buenas que había hecho, pero como no me venía ninguna en ese momento a la mente, se puso peor.
- ¿Y yo qué hice? ¡Si metí al país en la convertibilidad, privaticé Aerolíneas y Entel, transferí el sistema jubilatorio a las AFJP, conseguí el blindaje y el megacanje... y así me lo agradecen!
Lo dejé escondido abajo del escritorio tapándose con un retrato de Béliz, mientras Crónica TV pasaba una placa anunciando el riesgo país, y me fui en puntas de pie de su despacho, justo a tiempo de esquivar un huevazo que se metía por la rendija de la puerta. Porque una cosa es ver llorar a un hombre maduro, pero otra muy distinta ver desmoronarse a un ministro de economía ¿verdad?
Cuando bajé al hall central, un piquete de operadores bursátiles avanzaba al encuentro de otro integrado por empleados del ministerio, así que aproveché para rajarme antes de que empezaran a tratarse de usted y esas cosas, y agarré en dirección a la Rosada a ver a mi gran amigo el Presidente Fernando de la Rúa. De camino, en medio de la Plaza de Mayo, debajo de la pirámide que vio pasar a tantos próceres y de los otros, estaba mi gran amiga la diputada Elisa Carrió, en una mesa con padrones electorales.
- Tato! – me atajó – Usted también por aquí? No me diga que viene a ver si está inscripto.
- Ay, Lilita - le puse una mano sobre el hombro – Yo hace años que dejé de figurar en los padrones. O al menos eso creo, porque en las internas nunca se sabe ¿verdad? Pero... usted dijo que no se presentaba a las elecciones y la veo en este andamiaje electoral...
- Qué andamiaje ni ocho cuartos! Me contestó dedo en ristre – ¡Yo seré gorda pero no como vidrio! ¡Estas son las listas de los negociados off shore! ¡Pase, sin miedo, fíjese a ver si usted también está en la matriz del país mafioso!
Me le alejé haciendo cruz diablo, y subí la escalinata de la rosada, mientras un grupo de asistentes sociales ad honorem daban cursos gratis de fakir a los jubilados apostados contra las vallas. Y por el aspecto de los viejitos, se notaba que tenían éxito.
Antes de verlo al Presi, me di una vuelta por la oficina del Vicepresidente, mi gran amigo Chacho Alvarez, pero en la puerta había un post-it medio amarillento que decía “Me fui, no creo que vuelva”.
La secretaria del presiente me reconoció, se emocionó, me abrazó, me pidió un autógrafo y se fue a declarar a tribunales.
Entré al despacho presidencial, y casi me desmayo del shock. Mire: había un silencio que parecía una clínica suiza. Tan calmo estaba todo, que me senté en el sillón y me dormí una siesta. Empecé a soñar con odaliscas, pero cuando el sueño se ponía bueno, un piquete de señoras de Barrio Norte las desalojaron, y quedé frente a frente con el Presidente de la Nación
- ¡Tato! – se me acercó en cámara lenta - ¡Qué alegría verlo por aquí! ¡Lo hacía de viaje! – me tomó del brazo y empezamos a caminar por unos jardines verde inglés donde pastaba un grupo de unicornios – venga, acompáñeme y reflexionemos...
- Pero Fernando – le dije mientras espantaba unos cascarudos fucsia que revoloteaban por doquier – No sé qué podamos reflexionar... afuera el país arde...
- Tato, Tato... – me dijo, pasándome una brazo por el hombro – Contemple este atardecer y deje que las ideas fluyan su curso natural y el tiempo se acomode a su propio ritmo...
- Pero... el riesgo país... los piquetes... los bancos... – le enumeré a medida que atravesábamos una comarca de árboles celestes y una bandada de ornitorrincos se desplazaba en escuadra hacia el horizonte.
- Tato, mi querido Tato... – me acarició la peluca señalando a lontananza – la democracia es el cuenco en donde las naciones abrevan su fatiga histórica. El ímpetu de las circunstancias es limado por el vértigo de los sucesos y al final solo queda la calma depositando en el polvo su verdadero peso. Venga, acompáñeme, relevemos del alma el cansancio de los días y buceemos en la verdadera inspiración...
Dicho lo cual se alejó, levitando entre arbustos multicolores que se mecían en el viento. Me quedé pensando un rato mientras lo veía marcharse, me desperté y salí sin hacer ruido.
Cuando pisé la calle de nuevo, ya se hacía nochecita y el sol era una franja anaranjada comiéndose la base del cielo. Crucé la calle despacito, me arremangué las botamangas del frac y metí las patas en la fuente. Como arriba no me dejan, aproveché, encendí un habano, y le pegué un par de bocanadas majestuosas. En eso estaba cuando se me acercó un pibito a pedir.
Como plata ya no manejo, le regalé la peluca y los anteojos. Se los puso, miró para un lado, miró para otro, se encogió de hombros y se fue en busca de mejor suerte. Lo seguí con la mirada, y me di cuenta que eran realmente muchos los chicos revolviendo en tachos de basura, limpiando parabrisas en los semáforos, pidiendo una limosnita por el amor de Dios. No recordaba que fueran tantos y de tan corta edad.
Entonces comprendí el profundo significado del riesgo país.
Así que aquí estoy, esperando el bondi de regreso, con la sotana blanca, la aureola recién lustrada, y los pulmones llenos de humo de cubiertas nacionales. Nada demasiado distinto a tantas Argentinas que viví y podría contarles, pero como cada uno carga su mochila y la de ustedes lleva una piedra del tamaño de la de Tandil, no voy a ser yo el que venga a desanimarlos.
Al final, siempre que llovió paró, al mal tiempo buena cara, y toda esa parva de sandeces. En todo caso, en cualquier momento arreglo con el Barba y me pego otra vuelta. Así que ya saben, mis queridos chichipíos, mis queridísimos orejones del tarro, a no aflojar, a resistir apretando los dientes, vermouth con papas fritas y... ¡Good show!
Comentarios
La Romu | 07-02-2005 03:52:48
Bri-llan-te. Y lo más increíble es que me pasa lo mismo que cuando veía a Tato por la tele: no sé si reirme o llorar.
Ginger | 10-02-2005 21:35:20
Ay Bernardo, no sé como, pero llegué hasta aquí.
Yo pensaba: "el domingo a las nueve de la noche en Argentina son como la una de la madrugada en España, así que hasta el lunes no leo lo de Tato". Y ya estaba resignada. Pero bueno, internet tiene estas cosas, aterricé antes de lo previsto.
Está lindo todo azulito y blanco, parece propiamente el cielo. Un besote y muchas felicidades!
Anika | 12-02-2005 00:17:50
El Angel Gris | 14-02-2005 15:03:42
Muy bueno lo suyo Erlich, hasta me parece verlo a Tato con el cigarro en esa pantalla casi redonda que tenían las teles de antes.
Carlos | 18-04-2005 18:53:42
IM-PRE-SIO-NAN-TE!
Excelente idea y excelentemente llevada a cabo! Chapeau! Tato resucito' entre los muertos.
Te juro que primero pense' que eran copias textuales de mono'logos pasados. Y no.
Te conoci'a por los dobujos en Mujer Gorda. Y ahora veo que tene's tambie'n talento para escribir.
Te sen~alo un par de errores de tipeo:
"Caballo", era con V corta
"La secretaria del presiente" te olvidaste la D.
Un abrazo!
Maestruli | 09-02-2006 15:52:52
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